Tantas, tantas noches en blanco, y sólo una de ellas para pensar en su biografía sentimental, la verdad, es que ha de encontrar pocas soluciones. Y al final, en un momento dado, en el momento menos preciso, saltarán pedazos, como tantas otras veces. Uno es como es, y el cambiar por algo, o alguien es... un combate perdido de antemano.
Así que lo mejor que podría pasar, es que todo tuviese fecha de caducidad, sí, como los yogures.
Sabríamos desde un principio, cual es la fecha final, y no perderíamos una milésima de segundo en inseguridades, sorpresas... Dedicaríamos a disfrutar hasta la última décima de segundo, es decir, sabríamos como aprovechar el tiempo.
Aunque, si lo miras desde otro punto, lo bueno de no tener fecha de caducidad, es que se nos permite seguir soñando con que, pueda conservarse para siempre.
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